¿Y por qué no UPyD? (Por Fernando Savater)

by UPyD Guadarrama

Hace unos días me encontré por la calle en Donosti con una amiga de antaño, votante de UPyD desde el primer día. “Bueno, de modo que ahora hay que votar a Ciudadanos, ¿no?”, me comentó muy animada.

Le dije que no creía que hubiese ninguna ordenanza municipal al respecto. Se quedó un poco confusa: “Pero, yo creía… como dicen que UPyD ya no… entonces, Ciudadanos…”. Lamenté desengañarla, pero comprendí su despiste. En UPyD nunca ha habido suerte con los medios de comunicación.

Cuando apareció el partido, en una época pionera en que lo bien visto era el bipartidismo, nadie le hacía caso salvo para alguna broma o comentario pintoresco. Sus resultados siempre fueron sorpresa y digamos que no muy bien recibida: cuando consiguieron entrar en el Parlamento español, cuando entraron en el europeo, cuando se consiguió grupo propio en las Cortes, etc… Poco a poco no hubo más remedio que tener en cuenta a esos intempestivos, aunque siempre con algo de renuencia (que en esta era de corrupción casi generalizada en los demás partidos fuesen los únicos que no tenían procesados ni siquiera imputados en sus filas no ha solido ser suficientemente destacado por ningún medio).

Ahora por fin han conquistado la primera plana de Billy Wilder, pero por razones adversas aunque escandalosamente trompeteadas. Su intransigencia para pactar con Ciudadanos, el autoritarismo de Rosa Díez, el abandono de sus miembros destacados o anónimos, los que cambian de partido, las expulsiones de los disidentes más ruidosos… Ya se habla de UPyD, pero con informaciones que siempre comienzan por confirmar su “desmoronamiento”, que “sigue su derrumbe”, que se acerca su desaparición. Los malos resultados de Andalucía han sido a la vez consecuencia y confirmación de esta campaña.

Sin duda la dirección de UPyD no ha gestionado bien su crisis en muchos momentos, pero cabe preguntarse si es el primer o el único partido en que se dan tales discrepancias, si la coalición con Ciudadanos era una opción razonable o una obligación inexcusable, si no hay políticos en activo más autoritarios que Rosa Díez, si el transfuguismo o el abandono estrepitoso de los descontentos son una exclusiva patentada por esa formación, si los malos resultados en unas elecciones autonómicas son un baldón ya por siempre insuperable.

Sobre todo, cabe preguntarse si todo eso debe anular cuanto el partido ha hecho en ocho años, su actividad parlamentaria y municipal, su ideario tan distinto en su día al de los otros y tan imitado luego, las propuestas de ley en las que se adelantaron a lo que hoy es casi lugar común: la Ley de Segunda Oportunidad en 2012 (cuando los desahucios no eran tema del día), la ley de contrato único…

De modo que tuve que explicarle a mi amiga las razones por las que UPyD, aunque no esté de moda y no comparta el glamour mediático que propulsa a otros, me sigue pareciendo una opción política tan preferible como siempre lo fue.

En un artículo reciente, Ignacio Urquizu señalaba que mientras el PP y el PSOE son partidos políticos, con todo lo que ello implica de malo y de bueno, Ciudadanos y Podemos son por el momento solamente estados de ánimo, legítimos pero aún necesitados de someterse a la prueba institucional. Sin embargo hay un partido que nació hace más de siete años como un estado de ánimo de bastantes (y no como un capricho personal de Rosa Díez, como parecen creer algunos) y ha tenido tiempo de consolidarse como una opción política que puede ya exhibir una nutrida hoja de servicios en las instituciones. Porque lo que distingue a UPyD de los otros “estados de ánimo” que se presentan a los electores es que ese partido ya ha hecho lo que los demás dicen que harán y ya ha evitado lo que los otros prometen evitar.

Las iniciativas parlamentarias y municipales de UPyD han luchado por la regeneración del Estado, por la transparencia de los políticos (en España y en la Unión Europea, donde los emolumentos de los parlamentarios son más jugosos y más incontrolados), por recortar los gastos duplicados de la Administración en vez de recortar servicios públicos, por defender la igualdad efectiva de todos los ciudadanos suprimiendo las ventajas fiscales de algunas autonomías, con las que ninguno se había atrevido.

El partido es pobre pero no porque nadie se haya llevado el dinero a un paraíso fiscal (es el único que no tiene imputados por corrupción ni pruebas de financiación ilegal) sino porque ha gastado más que ninguno en denuncias contra los corruptos y malversadores, gracias a lo cual se han iniciado procesos como el de Rato y compañía. No dudo de los recién llegados también intentarán cumplir sus promesas regeneradoras y mantenerse limpios, pero es algo que está por demostrar, frente a quienes ya lo han probado.

Sobre todo, UPyD se ha mantenido razonablemente fiel a los principios del exigente programa con que saltó a la palestra política. Ha defendido una ciudadanía igual para todos vinculada a la Constitución y no a la pertenencia territorial, ha reclamado que Sanidad y Educación sean competencias estatales y ha sostenido la necesidad política de la lengua común y los derechos de quienes quieren utilizarla, sin menoscabo del reconocimiento local de las otras lenguas oficiales.

Este “centralismo” escandaloso le ha convertido en la bestia negra de los partidarios de multiplicar los reinos de taifas para conseguir el apoyo de quienes se sienten antes “nativos” que ciudadanos. Y no sólo hablo de los nacionalistas reconocidos, sino del nacionalismo mimético de los no nacionalistas: véase la reciente campaña electoral de Susana Díaz, el video rapero del señor Monago en Extremadura, la sonrojante Ley de Reconocimiento, Promoción y Protección de las Señas de Identidad del Pueblo Valenciano (¡el blindaje de la paella!), y tantos otros casos. Tal parece que en España no hay más remedio que elegir entre los nacionalistas separatistas y los nacionalistas “asociativos”… aunque poniendo condiciones.

¿Flexibilidad para fraguar alianzas con otros partidos?

UPyD no ha vacilado nunca en votar las medidas que le parecían razonables incluso con los grupos más diferentes a su ideología. Últimamente, un acuerdo en el Parlamento Vasco con las fuerzas de izquierda, frente al Gobierno y al PNV, que permitirá tener una Ley de Vivienda progresista, con medidas efectivas para evitar desahucios y que exija que la vivienda pública sea exclusivamente en alquiler.

De modo que sin duda habrá mañana buenas ocasiones de apoyar y ser apoyados oportunamente por Ciudadanos, un partido afín de cuyo auge me congratulo aunque su definición actual permite mejor que nunca ver sus diferencias sustanciales con UPyD en el tema del IVA, de las preferentes, de la asistencia sanitaria a inmigrantes sin papeles, de educación, de trilingüismo, por no mencionar el AVE (personalmente, jamás votaré a un partido que lo cuestione).

Desde luego, en el congreso de junio es indispensable que UPyD se dé un buen lavado de cara, sin prescindir de nadie pero tratando de renovar la primera fila y de recuperar a algunos de los que se sintieron maltratados por falta de tacto (hay responsables en UPyD a los que mientras estuvieran en activo se les debía prohibir el uso de Twitter como a los conductores el alcohol). Más vocación de escuchar y menos obsesión por controlar.

Por lo demás, acabé diciéndole a mi amiga donostiarra, UPyD sigue como siempre en la brecha, independiente de poderes económicos y de grupos de interés mediáticos, y tú debes seguir también con ellos. Creo que la convencí.

(Artículo de Fernando Savater, publicado originalmente en El País del 6 de mayo de 2015)